miércoles, 21 de noviembre de 2007

Salvo que... (hace unos días)

Me puse cara a cara frente al médico y le dije que hablara conmigo como si no estuviéramos hablando sobre mí. Le pregunté que quería decir exactamente “inoperable”. Me contestó lo evidente: que no se puede operar. Le pregunté que porqué. Me respondió que el tumor afecta no solo al pancreas sino a todo el aparato circulatorio que riega de sangre el estómago. Repetí que porqué no se podía operar eso. Me explicó que era imposible seccionar esas venas, que si no fueran tantas las afectadas podrían plantearse hacer algunos “bypass” pero que en mi caso eso estaba descartado.

Pensé que eso me pasa por preguntar. Había pedido que me leyeran mi sentencia de muerte y acababan de hacerlo. En ese momento sentí que todo había terminado y pienso que si junto a la sentencia hubieran adjuntado una pistola cargada, es posible que, en ese mismo instante, me hubiera disparado en la cabeza. ¿Para qué seguir?

Puede que porque en ese momento mi rostro suplicara compasión o puede que, simplemente, una luz se iluminara en la cabeza de mi médico, pero el caso es que entonces dijo las palabras mágicas: salvo que….

¿Había un “salvo que“? Cuando la oscuridad lo envuelve todo una pequeña luz, por diminuta y ridícula que sea, es capaz de iluminar toda una vida. El “salvo que“ tenía un nombre, el Doctor Moreno. Mi médico me explicó que se trataba de una eminencia mundial y que en alguna ocasión se había enfrentado a una operación parecida a la mía. “La tuya es más complicada pero si alguien puede intentarlo es Enrique Moreno”.

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Posdata: Voy a intentar en los próximos días relatar lo que me ha sucedido desde el pasado día tres de noviembre en el que decidí comenzar este blog. No he tenido fuerzas ni ánimos para hacerlo antes.

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